«Quinín», un gorrino de Dumbría de cuatro meses, atiende y obedece a su amo, al que sigue a diario en sus paseos.
S.Garrido.
Antonio Caramés pasea cada día acompañado del cerdo «Quinín» y de la perra «Tila»
Aunque no ladra, roña. Y agita la colita, porque casi no puede moverla. Sale a pasear con su dueño, Antonio Caramés, a diario. Ambos, con una perra, Tila (es muy nerviosa), a la que le gusta buscar conejos y, al marrano, también. Corren juntos tras Antonio al trote. En las peleas, antes era más fácil para la cadela , pero los 80 kilos del cochino le dan ahora ventaja. Es como una pelea de un campeón de sumo contra una yudoca. Si el dueño lo acaricia o limpia, la perra se cela. Con todo, «os dous lévanse moi ben» (los dos se llevan bien).
No hace mucho tuvo cierto éxito, sobre todo en las ciudades, pasear a alguno de los llamados vietnamitas, oscuros, pequeños y rechonchos. Sin embargo, gorrinos como Quinín , sin ninguna particularidad -fue adquirido en la feria de Senande (Muxía)- no suelen ser tan accesibles. Y Quinín es perro hasta a la hora de llamarlo. «Entende a miña voz, só a miña. Se o chamo ou lle digo algo, atende. Pero se o fai outro, xa non» (entiende mi voz, sólo la mia. Si lo llamo o le digo algo, atiende. Pero si lo hace otro, no.), explica Antonio. Un ejemplo. Cuando acaba las tareas higiénicas, le dice: «Déitate» (Acuéstate), y el animal se acuesta patas arriba.
Con el comer pasa lo mismo: «Gústalle o que a todos, como a fariña, pero coas sobras da comida das persoas é moi exquisito: só quere das miñas» (Le gusta lo que la todos, como la harina, pero con las sobras de la comida de las personas es muy exquisito: sólo quiere de las mías). Es el fruto del marcaje diario, que empezó Antonio un día sin más, precisamente porque no quería comer. Lo vigilaba, lo cuidaba, y el roce hizo el cariño. El privilegio llega a la hacienda: «Ten unha corte que parece unha habitación, pero tamén entra na casa, porque non está nada sucio, e se eu vou a outra, el entra comigo, salvo que llo prohíba» (Tiene una pocilga que parece una habitación, pero también entra en la casa, porque no está nada sucio, y si yo voy la otra, él entra conmigo, salvo que se lo prohíba), indica.
Y ahora, la parte mala. Quinín , que por supuesto está capado, no durará toda la vida. Le llegará el momento de su san Martiño. Una cuestión espinosa que el dueño no elude. ¿No le dará pena comer esa carne? «Home, si, e máis pena me daría pasar sen ela» (Hombre, sí, y más pena me daría pasar sin ella), responde. La fecha del fin no está fijada, pero tal vez en noviembre, por la época. «Nacemos para morrer, é o que hai» (Nacemos para morir, es lo que hay), afirma. Y ya se imagina cómo serán los últimos momentos: «Pois nada, o día que lle toque, dareille a man e adeus, compañeiro» (Pues nada, el día que le toque, le daré a mano y adiós, compañero). Perra vida, pensará Quinín .